Hackers históricos: Adrian Lamo
Alguna que otra vez habréis escuchado los términos White Hacking y Black Hacking. Esta historia trata sobre algo a caballo entre ambos: Grey Hacking.
Adrian Lamo, hijo de padre Colombiano y madre Estadounidense, vino al mundo en Boston en 1981, y pasó su infancia en Arlington y Bogotá hasta que finalmente su familia se asentó en la costa oeste de Estados Unidos: San Francisco. Adrian tenía 12 años, y fue en esa ciudad donde terminó su formación.
Terminó sus estudios primarios con un año de adelanto, deseando comenzar a trabajar en lo que más le gustaba ¿Informática? No… ¡Periodismo!
Pues si, tenemos un caso en el cual no hubo una atracción inmediata por la seguridad; pero como veremos más adelante, todo está relacionado.
Adrian ha colaborado y recibido varios premios gracias a sus publicaciones y fotografías en revistas como Red Mundial, Mobile Revista, Revista 2600, The American River actual, XY Magazine. Ha obtenido entrevistas con personajes como John Ashcroft, Oliver Stone, o los presuntos miembros del Frente de Liberación de la Tierra.
Pero todo empezó a torcerse cuando, en 2001, tuvo una sobredosis de anfetaminas que le había prescrito su médico.
Hackers históricos: Gary McKinnon
He dudado mucho si clasificar la historia de McKinnon cómo hacker (no creo que sus acciones merezcan la categoría de “investigador”), pero sin duda, es un caso que podemos clasificar de histórico por todas las acciones legales y políticas a su alrededor.
Y es que el caso de McKinnon tiene, al menos, cierto interés desde el punto de vista del Derecho Internacional.
Comencemos a analizar la biografía de este personaje, y las implicaciones de sus acciones.
Gary McKinnon, nacido en Glasgow en 1966, tuvo una vida de lo más normal hasta que dejó la escuela en 1983 para trabajar como peluquero. Pocos años antes, habían comenzado a aparecer en el mercado los primeros ordenadores personales (los PET de Commodore, por ejemplo), McKinnon comenzó a estudiar informática de forma autodidacta.
Algún tiempo después, gracias a los ahorros de su trabajo, McKinnon hizo varios cursos que le permitieron obtener el título de Administrador de Sistemas.
Sin embargo, había algo que atraía la atención mucho más que la informática: los OVNIs. Estaba convencido de que mucha información sobre esta materia se encontraba restringida al público. Según sus propias palabras, su meta era:
“Buscar evidencias de la existencia de OVNIs y probar que el gobierno estadounidense posee tecnología antigravitatoria. Esta tecnología permanece oculta ya que al gobierno norteamericano no les interesa que se pueda producir energía libremente.”
Amsterdam
Perdón por no actualizar el blog a tiempo, pero he estado trabajando en Amsterdam.
Os dejo con una foto tomada desde la puerta de la oficina:
Code Talkers: los Navajos en la WWII
Hoy vamos a dar un pequeño giro a nuestra serie sobre Hackers, y entraremos en algo que resulta especialmente interesante (y duro): las comunicaciones en la Segunda Guerra Mundial.
Un aspecto fundamental en cualquier operación militar, son las comunicaciones. Conseguir transmitir órdenes a otras personas o grupos del mismo bando, evitando a su vez que sean interceptadas por el enemigo resulta tan crucial como los suministros médicos, el avituallamiento, la munición o la propia estrategia a seguir.
No es algo precisamente reciente. Desde la antiguedad codificar los mensajes permitía una garantía adicional al impedir o dificultar conocer su contenido,aunque este fuera interceptado. Así Julio César creó el cifrado que lleva su nombre, que sigue siendo vigente incluso en la actualidad (que se lo pregunten a Bernardo Provenzano, el máximo dirigente de la Cosa Nostra Siciliana, detenido en 2006, y que lo empleaba utilizando para ello una máquina de escribir).
Pero en 1942, durante los combates que tenían lugar en el Pacífico en la Batalla de Guadalcanal, cuando las cosas se pusieron realmente difíciles para el bando Aliado, el concepto de cifrado cambió completamente.
En medio de las acciones militares que tenían lugar, no había tiempo para codificar los mensajes que se enviaban. Era, literalmente, cuestión de vida o muerte enviar y recibir las instrucciones precisas para eludir, atacar o apoyar cualquier movimiento de tropas.
Ante esta situación, las tropas aliadas utilizaban jerga y modismos que pudieran resultar difíciles de comprender a los soldados nipones, pero no tuvieron éxito.
Los japoneses comenzaron a emplear como personal de transmisiones a soldados con un dominio prácticamente perfecto del inglés, usando la misma jerga y con el acento exacto para enviar mensajes falsos a los Aliados, con el fin de alterar las órdenes y conducirlos hasta emboscadas o indicarles puntos de ataque en los que, en realidad, se encontraban soldados de su mismo bando.
Todo parecía ir bien para los Japoneses hasta que un día, en plena batalla de Saipan, los operadores de radio escucharon unas transmisiones en un idioma que no habían oido jamás.

